“La Violeta no le pertenece a la izquierda ni a la derecha”

Escrito por el 16/09/2021

“Que me perdonen todos los que comen empanadas, toman vino y ese veneno que llaman terremoto, pero a mí las celebraciones del 18 me resbalan, no las disfruto. No encuentro ninguna identidad en esas comilonas regadas y en las famosas ramadas”, declara Isabel Cereceda (82), hija de Violeta, sobrina de Nicanor, hermana de Ángel, tía de Javiera y Ángel junior, poderoso zarcillo de la misma Parra madre.

Isabel Parra, como es conocida en lo artístico y en lo civil, es una cantautora destacada, además de presidenta de la Fundación y del Museo Violeta Parra, el que hoy está cerrado porque su larga y azarosa génesis “culminó con un incendio”, como dice ella misma. No fue el único, el Museo –ubicado en el epicentro de las manifestaciones y protestas del estallido social– padeció varios amagos antes de caer bajo las llamas en febrero de 2020, lo que obligó a su cierre. Afortunadamente, las obras de Violeta Parra están a salvo, guardadas en bodegas, pero el tema ciertamente provoca una suerte de desaliento hastiado en su hija, quien nos hace una narración cronológica de los hechos:

“La gente tiene ideas muy equívocas sobre la gestación del Museo, del por qué se hizo. En realidad, el proyecto lo teníamos nosotros con mi hermano Ángel, y lo cumplimos: hacer un Museo Violeta Parra en Chile tras recopilar su obra dispersa por Europa. No te voy a detallar lo difícil y antipático que fue buscar ayuda financiera. Esa tarea me tocó a mí porque mi hermano se quedó en Francia, se hizo francés, y yo tuve la pega desagradable de tocar puertas y convencer a gente que no conocía de por qué era relevante tener un Museo Violeta Parra en Chile. Esa tarea fue una pesadilla, pero luego vino otra: cómo mostrar su obra en el Museo, acercándola a los niños y a los jóvenes. Violeta Parra es una etiqueta que para muchos es hasta peligrosa. Tiene muchas connotaciones y no había una única mirada de cómo presentarla. Esas diferencias fueron muy desgastadoras. Violeta Parra es una gloria de Chile, tener su obra junta, era un paraíso, pero resultó todo lo contrario. Y que el asunto culminara con un incendio, con gente que quiso quemarlo, es muy triste, ingrato y deprimente”. 

-¿Y en qué punto está el Museo ahora?

-Estamos en un compás de espera. Las obras están guardadas, a salvo. Hay algunas gestiones de hacer un Museo Violeta Parra virtual, lo que me parece más fome que la tía Clota. Esa es la realidad: no sé qué va a pasar, no sé cómo vamos hacer, no sé si encontraremos una casa apropiada. No tengo idea, porque además viene un cambio de gobierno y no sé qué va a pasar y cuánto se va a demorar la tarea de rehacer el Museo. En suma, puros problemas.

-¿Es Violeta un baluarte de la izquierda o supera esas divisiones dicotómicas?

-Yo creo que no hay que ser de izquierda o de derecha para amar a la Violeta Parra. Naturalmente, ella ha sido amada por izquierda, pero la derecha también la ama, todo el mundo ama. Y, sí, también hay gente de izquierda a la que no le gusta. Estas divisiones son muy jodidas, tan inoperantes e inútiles. La Violeta no le pertenece ni a la izquierda ni a la derecha. Ella tuvo muchos amigos en su vida, mucha gente diversa, que la ayudó, que la apoyó y que no eran militantes del Partido Socialista de la Conchinchina, sino que gente de criterio muy abierto, que estaba a la altura de la sensibilidad de la Violeta Parra. ¿Conclusión? No, hay que meter a la gente en cajones de acuerdo a sus pensamientos. Eso es muy latero, ¿no encuentras?

-Tú eres una mujer de izquierda y, sin embargo, creyente, cristiana. ¿Cómo es esa creencia religiosa tuya?

-Ese es  un tema muy profundo que manejo con mucha humildad y sin ningún fanatismo. Tengo un sentimiento casi familiar con Jesús, esa persona que para muchos determinó que estemos en este mundo, que existamos. Pero también tiene que ver con el canto, con las recopilaciones de la Violeta, que no son todas paganas. Muchas de las canciones que ella rescató hablan de Dios, de Jesús. Víctor Jara en Estadio Chile se pregunta qué pasa Dios. Los cantores populares, y yo me anoto entre ellos, tenemos un sentimiento religioso que pasa por muchos sentimientos y vivencias. Yo venero la imagen de Cristo.

Isabel junto a su madre Violeta Parra.

Isabel Parra ha superado en 32 años de vida a su mamá, quien se suicidó a los 50. Y esa vida suya la ha ido registrando en canciones, porque para ella el canto es su diario de vida. “Yo vivo, sufro, disfruto, escribo y canto”. Reflexionando sobre esta sobrevida respecto de “la Violeta”, dice: “Me asombra tener los años que tengo y me da rabia el no haber tenido a mi mamá por tanto tiempo, que ella haya decidido irse a los 50. Yo siempre me preguntó por qué tomó esa decisión y no tengo respuesta. No sé por qué decidió partir. Todos sabemos algunas cosas del hecho, muchos especulan o inventas cuentos, mentiras, enredos, pero el misterio permanece y me acompaña todos los días. Respecto de los 82 que tengo, los vivo bien y no saco cuentas, tú me los estás recordando. Yo me adapto a ellos y me los tomo con Andina. Disfruto la vida y, cuando lo pienso, me asombro de tener tantos años, porque yo no le he hecho una maldad a nadie como para estar aquí, tan vieja, revolviendo el gallinero. En serio, yo nunca pedí tener una vida tan larga; he vivido más que mi mamá, mi hermano, mis amigos, mi nieto. 

Cuando habla de su único nieto, Antar, el hijo de Tita, su única hija, Isabel se emociona. Se apena. Se quiebra. 

“Conozco el dolor y la muerte y la desaparición de personas amadas. Eso lo conozco muy de cerca, especialmente la muerte de mi adorado Antar, que es un dolor que no pasa, simplemente te acostumbras a vivir con él. Hace 10 años que Antar no está y no me he curado de su falta, al igual que mi hija y sus amigos”. 

Antar, que era músico y hacía dúo con ella, murió a los 28 años a causa de un tumor en la cabeza. “Una muerte violenta, injusta y repentina, porque ni siquiera estuvimos ahí, con él, para acompañarlo a morir”, cuenta con una pena profunda. Y agrega: “He vivido con esa muerte, tal como con la de mi madre. Ellos son compañías que me son de mucha ayuda, porque mientras estuvieron aquí, fueron muy generosos  conmigo. Me ayudaron mucho en lo que he podido ser como ser humano y como mujer que hace música, que todavía tiene garganta y ganas de cantar. Sé que saco la fuerza de ellos. De eso estoy convencida. Me pasa lo mismo con Víctor Jara. Violeta, Víctor, Antar, son personas que estuvieron tan cerca de mí y me entregaron tanto amor, que aún me sostienen y son determinantes en mi existencia”.

-En pandemia, escribiste “Destino”, una canción donde hablas de la soledad de los viejos y de muertes sin despedida. ¿Te ha atemorizado la posibilidad de enfermar por COVID-19?

Hice esa canción cuando vi por televisión unas escenas de Italia, de los primeros muertos de la pandemia, al comienzo de la emergencia. Se veía un desfile de camiones enormes, cargados con cadáveres metidos en bolsas negras. Nunca he visto imágenes más impactantes y dolorosas. Lloré mucho por esos muertos que no conozco y escribí esa canción. Pero no agarré papa con eso. Tomé precauciones y seguí todas las instrucciones que me dieron. Me puse todas vacunas, me encerré bien encerrada, pero muchas veces salí a caminar por Bilbao. Cuando mi hija se enteró, no lo podía creer. Yo soy una mujer valiente, no siento temor. La vez en mi vida en que sí temí, tuve miedo, mucho, fue cuando, tras el golpe militar de 1973, se empezó a perseguir a miles de chilenos, yo incluida. Ese terror lo tengo vivo hasta hoy. 

Cuerda, loca y fome

Isabel toca el cuatro, instrumento de cuerdas venezolano, con un perro salchicha a sus pies, en su departamento de Providencia. Vive allí sola, porque, aunque tiene un amigo sentimental, escogió vivir sin compañía. Allí, interpreta un alegre joropo de su autoría, titulado “La Cuerda y la Loca”, que es la canción que elige como representativa de este momento de su vida. Dice que optar por una entre las tantas que hay, entre propias y ajenas, es como tener 90 hijos y verse obligada a destacar sólo a uno. Pero escoge esa que le surgió sin querer un día cualquiera y la escribió en 5 minutos, lo que da cuenta de lo espontáneo y mágico que es para ella el fenómeno de la creación musical. “Además, así soy: medio cuerda, medio loca”. 

Postulada tres veces al Premio Nacional de Artes Musicales, categoría que este año no correspondía dar, no se lo ha ganado aún y duda que eso llegue a suceder algún día. “Chile es un país de machos, aunque el machismo es una lacra sin fronteras. Acá, por el carácter nacional, es un machismo solapado, pero real. Yo soy y he sido siempre feminista por eso. Quienes me han querido poner la pata encima, no lo han logrado, pero he recibido malos tratos y agresiones. Lo más elocuente de eso fue el exilio que sufrí durante 15 años. Volviendo a lo de la discriminación por género, existe, lo mismo que la que tiene que ver con el canto popular sobre la música docta en relación al Premio Nacional de Artes Musicales, que hasta ahora han ganado sólo tres mujeres. Tres miembros de la familia Parra hemos recibido becas Guggenheim, pero acá como si nada; a nadie le importa. Es una cuestión que no tiene que ver con los gobiernos; es una actitud cultural”. 

-¿De qué habla “La Cuerda y La Loca”?

-Tienes que oírla para hacerte una idea; las canciones no se explican, se escuchan, se sienten. Claro que en ella estoy hablando un poquito de mí. De cómo soy. De nada que no se sepa, porque todo sobre mí está dicho y cantado. 

-Pero cuéntame de tus hábitos: ¿te cuidas, cómo comes, tomas remedios?

-No, quiero sonar mojigata ni dármelas de ejemplo de buena conducta, pero yo no tomo trago, no fumo desde hace miles de años. Yo dejé el pucho tempranamente, cuando estaba cantando y sentí que no podía respirar. Yo y mis tres hermanos fumábamos, el Ángel desde muy chico. Mi mamá no lo hacía. Ella odiaba el pucho. Yo paré de fumar así, en un momento, y fue como cortar un mal que me iba a llevar no sé a dónde. A la muerte, seguro. Con el trago, mi relación es nula. En mi familia, hay muchos alcohólicos. Mi padre era alcohólico, entonces siempre tuve distancia con ese veneno que mata a la gente.

Tampoco le ha hecho a la marihuana u otro tipo de drogas. “Y eso que tuve una relación con un neurofisiólogo que trabajaba con Claudio Naranjo y que la usaba como método terapéutico. Una vez me pegué una piteada y me vino un tuto tremendo. No soy dada a buscar sensaciones en medios que no sean naturales. Tampoco soy de empastillarme; a lo más me tomo un Kitadol cuando me duele la cabeza”. 

-Tampoco te gustan las empanadas y las fondas

-Tampoco. Una empanada equivale a unas 500 calorías. Puro engordan, son pura masa, y me dan una acidez terrible. No soy loca por las empanadas; nunca lo fui, no me identifico con la típica comilona de Fiestas Patrias. No entiendo el panorama de ir a una fonda. Una vez, cuando teníamos La Peña de Los Parra, que era un lugar sagrado para escuchar música chilena, donde no había ni un curado (había uno, pero para qué vamos a delatarlo), el Víctor (Jara) me convenció de ir a las fondas del Parque O´Higgins un 18 de septiembre. Él tenía arraigada esa tradición de la cultura popular. Fuimos y nos pusimos en una fila para comprar anticuchos, la gente lo reconoció a él y luego a mí, y, al final, se tiraron encima de nosotros. Todos nos querían convidar algo. Menos mal que entonces no había celulares y selfies. Tuvimos que salir arrancando y, al final, no comimos ni tomamos nada. Mi mamá hacía fondas en la periferia de Santiago y nosotros íbamos a cantar con ella. Yo hasta hoy no tengo respuesta a por qué diablos a mi mamá se le ocurría hacer fondas. Perdona que sea tan latera, porque yo te diría que, además de cuerda y loca, soy tremendamente fome. 

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